Toluca cambió las guitarras por la tambora. Después del arranque rockero de los conciertos estelares del Alfeñique 2026, el jueves 15 de octubre fue el turno de La Adictiva: una noche de regional mexicano que llevó sombreros, baile y canciones de desamor a la explanada del Mercado Juárez. De acuerdo con el Ayuntamiento de Toluca, el espectáculo reunió a más de 45 mil personas, una estimación oficial que da cuenta de su convocatoria, aunque no equivale a un conteo independiente.
La presentación mostró dos caras de los grandes conciertos gratuitos: la capacidad de una banda para convertir sus éxitos en una celebración colectiva y el reto de administrar la expectativa de miles de asistentes que esperan durante horas.
De la espera a los primeros acordes
Desde el mediodía comenzaron a llegar seguidores para buscar los mejores lugares, según reportes de la prensa local. Hubo familias completas y grupos de amigos preparados para pasar una tarde larga frente al escenario. El flujo fue más gradual que el registrado con Caifanes un día antes, pero el ambiente seguía siendo el de una cita masiva.
El inicio no estuvo exento de contratiempos. Crónicas de medios locales describieron silbidos y reclamos por la demora en la salida de la agrupación. Esa espera fue, probablemente, el punto más débil de la experiencia: en un concierto gratuito, la puntualidad también importa, especialmente para quienes llegan temprano y permanecen de pie durante varias horas.
Cuando La Adictiva apareció, el sonido de los metales y la percusión cambió el ánimo de la explanada. El protagonismo pasó de la impaciencia a los coros, el movimiento y las canciones reconocibles desde sus primeras notas.
Un repertorio para cantar sin reservarse nada
La banda originaria de Mesillas, Sinaloa, apostó por los temas que han sostenido su conexión con el público. En distintos momentos sonaron Disfruté engañarte, Después de ti, Te dirán, En peligro de extinción y El amor de mi vida, además de piezas como Hombre libre, El viejón y Amores escondidos.
La fórmula de La Adictiva funciona porque no depende de una sola canción. Alterna letras para dedicar —o para recordar a alguien— con pasajes que invitan a levantar las manos y bailar. En Toluca esa mezcla encontró eco entre asistentes de distintas edades: la banda no tuvo que explicar su estilo, porque una parte importante de la audiencia ya conocía cada estribillo.
La producción añadió pirotecnia y bailarines, recursos que dieron variedad visual a un show cuyo eje siguió siendo el sonido de la banda. Los arreglos de viento y el pulso de la tambora marcaron una diferencia clara respecto a las otras propuestas del festival.
El tamaño de la multitud y los retos del formato
Las autoridades municipales reportaron más de 45 mil asistentes y una jornada sin venta de bebidas alcohólicas. También informaron posteriormente de labores de limpieza alrededor del Mercado Juárez. Son detalles que recuerdan que un concierto de esta escala no termina cuando el grupo deja el escenario: implica accesos, servicios, seguridad y recuperación del espacio público.
La comparación con los más de 120 mil asistentes estimados para Caifanes resulta inevitable, pero medir el valor artístico de una actuación sólo por el tamaño de la multitud sería reduccionista. La Adictiva convocó a su propio público y ofreció una noche con identidad musical definida.
